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“Que la tradición no sea nostalgia en los jóvenes, que la hagan suya con una disposición de ayuda a nuestros semejantes” – Raquel Burciaga.

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Entrevista y fotos por Mary J. Andrade

Creadora de hermosos altares que embellecen las celebraciones del Día de los Muertos en San José, Raquel Burciaga, nativa de Nazas, Durango,

sintió que a través de ellos disponía de los elementos más significativos para rendir homenaje a la vida de sus padres Gabriel Burciaga Madinaveitia y Eleuteria Vera Rivas, fallecidos hace 17 y 16 años, respectivamente.

Rodeada de imágenes religiosas que adornan un altar que tiene instalado permanente en una esquina de su sala, dedicado a “su Lupita”, la Virgen de Guadalupe; de pinturas, fotos y libros sobre Frida Khalo; de artesanías de madera de Guatemala, de fotografías de artistas de la Época de Oro del Cine Mexicano colocadas en marcos de madera tallada; de pinturas hechas por ella y de cientos de figuras alusivas a la celebración del Día de los Muertos, que anualmente despliega en los altares que confecciona en diferentes instituciones culturales, Raquel comparte los recuerdos de su niñez y de su juventud, la vida de sus padres y hermanos y la razón por la cual decidió vivir en los Estados Unidos.

“Soy del Estado de Durango, nací el 12 de agosto de 1957, en un pueblo cercano donde nació Pancho Villa. Nací y me crié en Nazas, cuyo nombre se origina en un objeto indígena que se usaba para pescar. Tiene la forma de una botella formada como un cono cuyo fondo y la parte de atrás se confecciona con varas, dispersas como cuchillos. En la parte delantera hay una puerta por donde se pone la carnada para que entren los peces, que una vez adentro ya no pueden salir, llenándose así las nazas de bagres, que son peces de río”. Con esta información se inicia nuestra conversación.

Raquel comenta, orgullosamente, que los habitantes de su ciudad tienen la dicha de que “Benito Juárez durmió allí, cuando ya era presidente y estaba recorriendo la república. La casa rural que tenemos se llama Casa Benito Juárez”.

Sus orígenes

Nazas era una población con 5,000 habitantes cuando Raquel salió para estudiar en Coahuila. “Entre los estados de Durango y Coahuila no se sabe dónde termina uno y empieza el otro. Mis hermanos y yo estudiamos en San Pedro de las Colonias y en Saltillo, Coahuila. Allí nos recibimos todos de la Universidad Autónoma Agraria, Antonio Narro. Somos 16 hermanos vivos. Mi madre fue feliz con una familia grande, nos decía que cuando veía a una mujer con un niño en brazos, ella quería otro”.

Doña Eleuteria Vera Rivas, la madre de Raquel, fue maestra. “En aquel entonces cuando ella era joven, en los pueblos no habían maestros capacitados, por lo que a los jóvenes que se graduaban en el sexto año se les daba la oportunidad de recibir un entrenamiento pequeño y salir a otros pueblos, algunas veces lejanos, a enseñar. Fue en el lugar donde ella fue asignada para ser maestra que conoció a mi papá. Después de formar su hogar, mi madre no se sentía conforme de haberse alejado de la enseñanza, incluso después de tener a mis tres hermanos mayores ella todavía pensaba en rehacer su vida e irse de maestra otra vez; pero se dio cuenta a los cinco meses de estar embarazada que iba a tener una hija. Ella no quizo que sufriera por su ausencia y por culpa de mi hermana nacimos todos los demás”, comparte Raquel con una amplia sonrisa.

Retrocediendo aún más en el tiempo, conversa sobre la vida de su abuela materna, quien fuera descendiente de españoles e indígenas. Cuenta que la única manera que ella pudo tener novio fue por la muchacha que entraba a planchar la ropa. Como pretendiente su abuelo le enviaba recados y de esa manera fue cómo llevaron la relación.

Burciaga y Malvinaveitia son apellidos de origen vasco. “Mi padre era segunda generación de emigrados a México. La familia de mi abuelo viajó a invertir. Ellos fueron dueños del Banco Agrario en Durango, que facilitaba dinero a los campesinos para sus sembríos. Más tarde tuvieron una flota de camiones de transporte, precisamente de Coahuila a Durango”.

Sus estudios

 “De pequeña tuve la inquietud de venir a estudiar a los Estados Unidos. Estudié en Canoga Park y viví en Calabazas. Jugué soccer en el Balboa Park y fui a la escuela que se llama Camino Real High School. Estuve acá cuatro años y medio. Cuando decidí regresar a México en el 81, me inscribí en la Universidad Autónoma Agraria, Antonio Narro y me recibí en el 86. Una vez graduada me dediqué a trabajar, pero como tenía mis hermanos y sobrinos, con mi salario empecé a hacerme cargo de subsanar las necesidades de los miembros de mi familia, de los zapatos de fulano, de los libros de sutano y ‘díle a tu tía que no tienes esto o lo otro’, ya ve usted que como latinos una reparte todo por todos los lados. Pero cae la desgracia de que mis padres se enferman, los dos al mismo tiempo. Surgen problemas en la familia, por lo que tome la decisión de hacerme cargo de ellos, pero no podía hacerlo allá, de la noche a la mañana. Fue entonces que decidí venir y en los diez años que estuve en México, después de estudiar aquí, no se me olvidó el inglés para nada, por lo que me fue super sencillo regresar y empezar a trabajar, mandando todo lo que yo ganaba para las medicinas y otras necesidades der mis padres. Al morir ellos, ya estaba muy comprometida aquí. Me fue difícil regresar a México”.

Día de los Muertos en Durango

“En los altares que se hacían en mi casa solamente poníamos las fotos, el plato de comida y las flores. Íbamos al panteón el día anterior a la celebración del Día de los Muertos, a arreglar las tumbas y a poner las flores. Al día siguiente, tempranito en la mañana, volvíamos y allí completábamos las dos o tres comidas, junto a la tumba. El panteón era como un centro de reunión, porque afuera había vendimia y era la oportunidad de ver a toda la gente del pueblo que llegaba a rendir homenaje a sus muertos, incluso ese día había transporte del pueblo al cementerio, porque éste estaba ubicado en las afueras de Nazas”.

Labor comunitaria y altares

“Aunque me crié disfrutando de las actividades que se realizan en el campo, aprendí a tejer, coser y bordar. Mi madre me dejó muy bien instruída. Vengo decorando desde que tengo uso de razón, no había espacio que mi madre dijera ‘arregla, pon esto o lo otro’ en las que yo solamente siguiera las indicaciones que recibía. Siempre agregaba algo más bello.”

Al llegar  a San José en el 92, la abogada de una amiga de Raquel que estaba en proceso de solicitar su residencia, le dijo que tenía que pertenecer a una organización. “Fuimos al Centro Billy de Frank y nos encontramos que era solamente de jóvenes gay. Mi amiga obtuvo lo que necesitaba para poder arreglar su problema. Yo tomé mucho interés y me quedé allí, colaborando. Empecé a ser consejera de los jóvenes, logramos reunir 160 miembros y organizábamos actividades como el Retiro en el mes de abril, el Picnic en julio o agosto, la celebración de Halloween y los altares. Colaboré con Aris, la organización de educación y prevención de SIDA. Estoy certificada como preventora y educadora de SIDA. Por 15 años entregué condones en los clubes nocturnos”.

Raquel empezó a hacer los altares en la Catedral, hace 18 años antes de que se celebrara la Misa y los tenía que quitar una vez que terminaba el servicio religioso. Solamente tenía dos horas para compartirlos con los creyentes. En la actualidad los altares permanecen por 15 días.

Colaboración y apoyo

“Hacer los altares fue una actividad que creamos con Omar Núñez, Héctor García, Arturo Magañas y Roberto Padilla, ellos son las personas que siempre me han apoyado donde quiera que he ido a poner altares, incluso cuando necesito que me den la mano le pido a un hijo adoptivo que tengo, Martín, que me ayude”.

El apoyo económico que Raquel necesita para elaborar sus altares, también lo ha recibido de Michael Fox, Sr. y de su esposa Mary Ellen Fox. El 9 de septiembre, Raquel cumple 20 años de estar trabajando en el hogar de ellos. “Los he ayudado en el cuidado y participado en la crianza de sus 16 nietos”, comentando que estaba muy contenta porque precisamente en la tarde del día que me reuní con ella, estaba citada para tomarse una fotografía con sus “dieciséis muchachitos”.

Participación en las celebraciones

“Me gustan las celebraciones donde la gente participa. Los que procedemos de un pueblo, como yo, necesitamos ver que las tradiciones siguen aquí. Que no es lo mismo la tradición de un citadino a la tradición de un pueblerino. Nosotros como que tenemos más arraigo con lo que crecimos. Nuestra vida no estaba tan ocupada, teníamos más tiempo para alimentar nuestra alma”.

Mensaje para los jóvenes

“Que disfruten las tradición, que la gocen, que traten de hacerla de ellos. Que no sea nostalgia. Que lo hagan con una disposición de ayuda para nuestros semejantes. Mi filosofía es dar lo mejor de mí hoy, para ganar mañana. Eso es todo. Doy mi mayor esfuerzo, mi mejor sonrisa, mi mejor trabajo en cada cosa que hago, para poder recibir mañana con los brazos abiertos, porque no hay de otra. Yo veo en esta generación de jóvenes que piensan que la vida les debe, que todo se les tiene que dar y eso no es bueno porque llegan a una vejez vacíos. Todo es equitativo ‘tu me das y yo te doy’. Yo le doy al universo y el universo me da a mí. La vida se te da y se te quita en el momento que el Señor lo quiera”.

Este año, Raquel ya recibió la invitación del catedrático Carlos Bonson de la Universidad Hispana para confeccionar un altar en este centro académico. Igualmente se ha comprometido con la Catedral, el Museo de Arte, con Rick Moreno, quien está organizando la exposición del Día de los Muertos en la Biblioteca Martin Luther King, Jr., y con el Consulado de México en San José.

 

  • Dulces Patzcuaro
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Copyright © 2002 Mary J. Andrade

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